sábado, 16 de enero de 2016

¿Y si lo nuestro se acaba? (¡Un trocito para vosotros!)

¡Hola a tod@s!

Como siempre, me paso por aquí muy brevemente, apenas un instante. (Y me parece horriblemente mal, he de admitir.) Lo cierto es que, aunque soy autora, no me estoy prodigando mucho por estos lares, ya que, a veces, el tiempo me absorbe.
Pero bueno, es importante seguir las cosas y no abandonarlas, así que aquí me tenéis. (Y esta vez, espero que para mucho tiempo)
Así pues, hoy os traigo un regalo, un trocito de mí.


Prólogo: Bohemios

Nunca creímos en el amor eterno, ni siquiera en ése que dura toda la vida. En realidad ambos sabíamos que lo nuestro tendría fecha de caducidad, porque era algo inherente en nosotros, en el suave latido que bombeaba nuestra existencia. Era el paso lógico a la pasión arrolladora, al amor finito y desesperado. Al placer. A él. A mí. A las circunstancias que alteran todo lo que rozan.
Y aún sabiéndolo, nos amamos.
¿Cómo no íbamos a hacerlo si dependíamos tanto el uno del otro?
A pesar de ser tan dispares y tan arrebatadoramente distintos, sabíamos que parte de nuestro camino sería guiado por la mano del otro.
Yo, lo supe desde el momento en que le vi.
Él... dos segundos más tarde, cuando su mirada se topó con la mía.
Recuerdo ese momento con tanta nitidez que, a veces, me parece haberlo vivido segundos atrás, tan solo a un momento de lo que veo ahora.
¿No es irónico pensar que el tiempo ha pasado? ¿Que todo eso quedó en un instante del viaje?
Éramos dos bohemios, dos almas que, sin conocerse, se preparaban para dar el paso de los valientes, de los locos. De los enamorados.
¿Cómo no pudimos prever que en el camino habría piedras? ¿Cómo no pensamos en que sangraríamos al detenernos?
Quizá si hubiéramos tomado aire puro y no el aliento del otro, hubiésemos sido conscientes de que, en algún momento, todo quedaría sumido en el cruel olvido, en la fría desesperanza. En la amarga cortesía de quienes comparten cama y no la calidez de los cuerpos.
Puede que parezca que me arrepiento de haber compartido mis pasos con él, pero no es así. Si lamento algo es no haber sabido dar más, sentir más, amar más. De no saber cómo retomar la cadencia de sus caricias. De no poder retroceder en nuestro viaje, solo para poder revivir cada instante de dulce agonía.
Para besar sus labios y sentir que el mundo se derrumba a nuestro alrededor, sin importar quién caiga.
Pero sé que todas mis esperanzas son eso, sueños que se pierden en el transcurso del tiempo y del matrimonio.
Ambos nos amamos, sí.
Ambos soñamos con un futuro.
Pero los dos sabíamos que el amor tenía fecha de caducidad.
Lo que nunca imaginamos fue el dolor que nos estremecería, el pánico que sentiríamos al cruzar una vez más nuestras miradas y al pensar, desolados, en aquella pregunta que nadie, nunca, quería hacerse.
¿Y si lo nuestro se acaba?




Capítulo I: Vacíos

Desperté en cuanto sentí que él se levantaba. Abrí los ojos, me incorporé y miré la hora en el reloj de la mesilla: apenas las cinco y cuarto de la mañana. Una hora intempestiva y oscura, pero que se había amoldado a nosotros durante aquellos tres años de casados.
Me giré hacia él, tapé mi cuerpo con las sábanas y ahogué un suspiro.
—¿Te marchas ya?
Él asintió, de espaldas a mí.
Esperé un momento a que dijera algo, aunque solo fuera un escueto "sí", aunque se limitara a gruñir una despedida. Pero no lo hizo y, de inmediato, eché de menos el  ronco sonido de su voz.
¿Cómo se podía perder algo que había estado con nosotros durante tanto tiempo?
—¿Vendrás a comer?
—No lo sé, Vic —musitó él, con suavidad, mientras se terminaba de colocar el uniforme militar.
Ver aquellos colores en su cuerpo me hizo sonreír, apenada.
Siempre me había parecido hipnótico verle vestirse: la lentitud de sus gestos, la disciplina con la que se movía, la seguridad cuando se colocaba la gorra sobre la cabeza rapada. La manera, sutil, de pasarse los dedos por la perilla.
Tiempo atrás aquel ritual hubiera terminado con nosotros en la cama. Al menos, hasta que uno de los dos hubiera sido consciente de que el tiempo pasaba... y de que él se tenía que marchar a trabajar.
Ahora, en cambio, ambos nos limitábamos a esperar la despedida, a aquel beso casto y suave que nos regalábamos antes de desaparecer él por la puerta.
—¿Sirve de algo que te pida que vengas? —pregunté, en voz baja.
La pregunta me sorprendió hasta mí, porque hacía meses que no le pedía un momento de su tiempo. Ni siquiera para hablar de las cosas que ambos creíamos importantes y que, con los "otro día", "ahora no" y "mañana", se habían ido diluyendo.
Zack también pareció sorprenderse, porque se giró y me miró. Sí, me miró, como hacía meses que no lo hacía: con sus ojos bicolores llenos de vida, de sentimiento y curiosidad.
—¿Quieres que me quede a comer? —preguntó y apoyó un pie, calzado con la bota militar, al borde de la cama.
—No lo sé —murmuré y desvié la mirada del azul de su ojo derecho. Después miré al izquierdo y me perdí en su sombra color chocolate—. ¿Tú quieres hacerlo?
Escuché su suspiro, cargado de pesadez y de palabras que aún no se habían dicho. Vi como se incorporaba y, aunque estaba segura de que ya no había nada entre nosotros, sentí la absurda necesidad de alargar la mano y tocarle. Simplemente para saber que él seguía siendo real, que, de alguna manera, solo se había esfumado nuestro sueño, no lo que verdaderamente éramos.
Pero no lo hice y él, se incorporó y se dirigió a la puerta del dormitorio.
—Tampoco lo sé —contestó y trató de sonreír.
Lo logró por poco, pero fue suficiente para arrancarme a mí un destello de valentía.
—Entonces quédate, conmigo. Vayamos a alguna parte.  —Me incorporé con rapidez y le seguí por el pasillo, mientras él avanzaba hacia la salida con sus pasos firmes y decididos—. Ven a buscarme cuando salgas —susurré y me aparté el pelo rojizo de la cara, de un manotazo seco y nervioso.
—Vic, no tienes por qué hacer esto —murmuró Zack y se giró, al borde de la escalera que bajaba al piso de abajo—. Con que lo pidas una vez es suficiente.
Me detuve, sin saber qué decir.
¿Era un cumplido? ¿Una forma de decirme que no tenía ganas de discutir?
Parpadeé rápidamente. Desvié la mirada. Ahogué una lágrima traidora que quería decir más cosas de las que yo estaba dispuesta a soltar.
—¿Eso significa que vendrás?
Zack asintió y me miró, desde los quince centímetros que separaban su metro ochenta de mi escaso metro sesenta y cinco. Le sentí moverse y pensé que, al menos, había conseguido cruzar dos palabras con él. Dos míseras frases que se perderían en cuanto él desapareciera por la puerta.
Y, de pronto, lo sentí: una breve caricia que resbalaba hasta mi nuca, hasta la delicada piel del cuello. Sentí sus dedos, largos y distantes, rozarme tan solo un momento, un instante de breve locura en la que mi corazón, sorprendido, latió con alivio y dolor, con fuerza y desespero. Después llegaron sus labios, cálidos y ausentes, que besaron los míos con una ternura tan inesperada que sentí ganas de llorar y de abandonarlo todo para no seguir sufriendo.
Pero le besé, porque me vi completamente incapaz de no hacerlo.
Porque no pude negarme.
Porque, en realidad, no quería hacerlo.

***

El primer día que Zack y yo nos vimos, llovía. De hecho, la lluvia era tan torrencial que incluso los transeúntes se refugiaron entre las paredes del aeropuerto.
Era la primera vez que me decidía a hacer algo así. Mi mejor amiga, Tanya, me lo había pedido varias veces, pero yo nunca encontraba el momento para ir a recibir a los soldados que venían de misión. Entre ellos, se encontraban dos de sus hermanos: Jason... y Zack.
¿Quién iba a decirme que algo tan nimio se convertiría en parte esencial de mi vida?
Llevábamos horas esperando, con el frío en los huesos y el nerviosismo propio de la espera anclado en el corazón. Yo no conocía a ninguno de los dos, pero me había hablado tanto de ellos que casi, casi, podía decir que les quería.
Por eso, cuando vi que la compuerta de salidas se abría sentí que mi corazón se detenía, preso de la emoción más pura y de un orgullo patriótico que nunca antes había sentido.
Sonreí al verlos salir, vestidos con la violenta elegancia del uniforme de tierra, con el aspecto cansado de quien ha luchado, vencido y regresado para contarlo. Uno a uno, los soldados se perdieron entre los brazos de su familia, entre los besos soterrados de las parejas que, ahogadas en sollozos, los recibían.
Era emocionante.
Hermoso.
Extrañamente irreal.
Entonces, le vi.
Y sentí que mi mundo daba un vuelco y se retorcía, hasta cambiar por completo.
— ¡Zack!
Escuché a Tanya gritar su nombre desde mi derecha, pero éste sonó lejano y opaco. Aún así, sonreí, me humedecí los labios y desvié la mirada de sus ojos lleno de picardía.
Cuando se acercó a nosotras, llevando consigo el macuto, sentí que mi corazón se había vuelto loco: sus latidos eran apresurados e irregulares, desenfrenados y absurdos.
Y cuando él nos saludó, a la manera marcial, supe que aquella imagen me seguiría a donde fuera, durante el tiempo en que mi memoria tardara en gastarse y perderse.
—¿Vic? ¿Sigues ahí?
Volví de mi ensimismamiento en el mismo momento en el que Zack nos alcanzó. Levanté la mirada, le dediqué una sonrisa y, solo después, miré a Tanya.
—Hasta donde yo sé, sí, sigo aquí —murmuré y esbocé un intento de sonrisa, que se convirtió en un gesto nervioso que provocó  una sonrisa en ambos—. Soy Victoria. Vic para los amigos.
Zack me guiñó un ojo con descaro, dejó el petate en el suelo y se inclinó para darme dos besos.
¿Sabéis de esa sensación de vértigo que nos alcanza cuando estamos a punto de cometer una locura? ¿Ese placer innegable que nos acosa cuando estamos ante algo grande?
Yo lo sentí.
Él, también.
Lo supe en el momento en el que noté sus labios rozar mi mejilla, en el mismo instante en el que noté que su mano temblaba al sujetar mi cintura.
¿Cómo iba a negarme a algo como aquello? ¿Cómo decirle que no a lo que consideraba la propia vida?
Me estremecí un momento, rocé mi mejilla con la suya y cerré los ojos el tiempo suficiente como para que todo se duplicara: el calor, el frío, el nerviosismo y el placer.
Cuando los abrí me encontré observando sus ojos bicolores, llenos de vida y curiosidad.
—Yo soy Zack, el hermano de la que te ha arrastrado a esta locura —contestó y abrazó a Tanya contra su cuerpo, mientras ella reía—. Me alegro de conocerte, Vic.
Yo sonreí, complacida.
Quizá, si él hubiera sabido lo que escondería nuestros pasos, no se habría alegrado.
Quizá, si yo lo hubiera sabido... tampoco.

***

El beso que me había dado Zack en las escaleras me persiguió durante todo la mañana. A cada segundo que pasaba, a cada tic-tac del reloj, mi piel se estremecía, se erizaba y gritaba, en silencio, que él no estaba allí.
Claro que no estaba. Y llevaba meses sin estar.
¿Por qué ahora, de pronto, me afectaba tanto? ¿Era porque sabía que ya no había solución a lo que una vez nos había unido?
Quise llorar. Y gritar. E ir a buscarle y sacudirle para que me diera una explicación, una mísera frase que calmara mis heridas. Para que las suyas, si las tenía, sangraran tanto como estaban haciendo las mías.
Pero hacerlo no era más que un sinsentido, una locura más que escondería en lo más profundo de mi mente.
Zack no se merecía aquello y yo, en el fondo, tampoco.
Ambos lo entendíamos, lo sé, pero no éramos capaces de ponerle fin a aquella historia.
¿Cuánto podíamos aguantar hasta morir? ¿Cuánto hasta perdernos a nosotros mismos?
Me detuve, en mitad del salón de la casa que compartíamos y miré a mi alrededor. Todo allí me recordaba a él, desde la figura que su madre me había regalado a aquella rosa marchita que él me había regalado dos meses atrás... y de la que no me atrevía a deshacerme.
Todo estaba impregnado de nosotros, de una realidad que se había ido difuminando con el tiempo y con la costumbre.
En realidad, no sabría decir en qué momento todo se apagó. Simplemente ocurrió, como pasa con todas las cosas. No hay un momento exacto en el que digas "ya está" como no hay instante en el que digas "tengo que hacer algo".
Ojalá hubiera sido así.
Ojalá.
Ojalá.
Mil veces ojalá.
De esa manera, posiblemente, las cosas no hubieran tomado el rumbo de la discordia, del olvido y la dejadez.
Sacudí la cabeza para deshacerme de la pesadez y la tristeza que me embargaba y suspiré.
Sí, estaba triste. Como nunca lo había estado, como, seguramente, nunca estaría. Porque, aunque el tiempo nos había jugado una mala pasada y nos había puesto en contra el uno del otro, quería seguir aferrándome al hecho de que, una vez, hubo algo más que amor, que pasión. Porque aunque me resistiera a admitirlo, lo que había sentido por Zack era mucho más que el mero roce de los enamorados o la turbulenta necesidad de cariño de los desconocidos.
No, joder, siempre había sido más.
Desde ese momento en el que cruzamos nuestras miradas, nuestros caminos.
Desde que yo decidí que, mi vida, le pertenecía. 


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