jueves, 3 de septiembre de 2015

Conquistando lo imposible (Capítulo I)



Capítulo I

Era un día como otro cualquiera, frío, repleto de humedad y carente de la cálida luz del sol. Pero, ¿qué se podía esperar del tiempo londinense? Y sobre todo allí, tan cerca del Támesis y del agitado centro de la ciudad.
La joven suspiró con languidez y desvió la mirada de la labor de costura que tenía en las manos: un bordado intrincado y laborioso que nunca terminaba de coger forma, pues no acertaba a dar más de tres puntadas antes de prestar atención a cualquier otra cosa.
 Sin duda alguna, Rose prefería coser o, muy posiblemente, zurcir.  En realidad, deseaba hacer cualquier  otra cosa que fuera realmente útil y que no le frustrara tanto como lo que estaba haciendo.
¿Para qué demonios le iba a servir el saber bordar mariposas en los manteles?
Era mucho más práctico saber hacerlos, no dejarlos bonitos y decentes. En su opinión, todo aquello no servía para nada salvo, quizá,  para perder un tiempo que consideraba muy valioso.
Rose volvió a suspirar y dejó que su mirada, aburrida y aletargada, deambulara por las sombras que se dibujaban más allá de su ventana. Para su desgracia, su extenso tiempo transcurría así, entre hilos, libros y conversaciones banales, mientras fuera, el mundo se extendía maravilloso y fascinante.
¿Sería la vida tan intensa como narraban los libros que su padre le traía? ¿Tan hermosa como la había visto en los viajes en los que le acompañaba?
Y, sin embargo, después de tantos años de un lado para otro, dando tumbos y rodeos, y después de desear con verdadero ahínco y fervor un poco de estabilidad, Rose reconocía que echaba de menos estar en continuo movimiento.
Sí, era cierto que quizá aquella no fuera la vida con la que había soñado. De hecho, se alejaba mucho de ella pero, con el transcurso del tiempo, había aprendido a valorarla y a atesorar unos instantes que, ahora, solo pertenecían a la lejanía de los recuerdos.
Sí... añoraba aquellos días en los que podía salir a pasear vestida de cualquier manera, sin la necesidad de recogerse el pelo en complicados moños. Días en que llevar los labios manchados del rojo de las frambuesas no era sinónimo de dejadez.  Anhelaba recuperar esos momentos en los que su opinión era real y sólida,  y no una mera fantasía que aplacaba a quienes la escuchaban, se equivocara o no.
Definitivamente, echaba de menos la vida que había llevado y, sobre todo, esa libertad tan dulce y fresca que la caracterizaba.
—Rose, cariño ¿estás bien?
El grave tono de la voz del hombre hizo que ella diera un respingo, sobresaltada. Sus manos se crisparon un momento y después, dejaron caer la labor que, al llegar a la alfombra, se arrugó irremediablemente.
—Eh… sí, claro. —Sacudió la cabeza para salir de su repentino aturdimiento y después, se giró hacia él con una media sonrisa dibujada en los labios—. Discúlpeme, padre, estaba más distraída que de costumbre —contestó con amabilidad, mientras se agachaba para recoger el paño.
 En cuanto lo hizo, frunció el ceño: bastó una mirada para comprobar que tendría que empezar desde el principio. Ahogó un suspiro frustrado como pudo, se dejó caer en la silla que había junto a la ventana y acomodó el trozo de tela en su regazo. Decidió, casi al momento, que no merecía la pena retomarlo.
—Ya veo, ya —musitó él, mientras cerraba la puerta que acababa de abrir.
Como de costumbre, llegó al escritorio, se sentó tras él y contempló distraídamente los libros que, poco a poco, se amontonaban en él. Unos segundos más tarde volvió a mirar a la joven, esta vez con la curiosidad impregnada en sus ojos azules. Su hija acostumbraba a abstraerse cada día, pero no recordaba haberla visto tan sumida en sí misma y nunca durante tanto tiempo. Llevaba cerca de diez minutos en la habitación, mirándola y ella no se había percatado de su presencia hasta que él no decidió romper el intenso silencio que les rodeaba.
Sonrió sin poder evitarlo, sacudió la cabeza y volvió a mirarla: sorprendentemente, había vuelto a abstraerse con lo que veía tras la ventana.
— ¿Seguro que estás bien?
Rose volvió a asentir, parpadeó con abatimiento y dejó la labor inacabada sobre la repisa de la ventana. Después se frotó los brazos con suavidad y apartó sus ojos, grandes y oscuros, de la ventana. Su atención fue a parar al hombre que le daba la espalda: Vandor Drescher, su padre. Un escritor de renombre conocido en toda Holanda, Francia, y ahora, allí, en la fría Inglaterra.
Inevitablemente, sintió una oleada de orgullo que la llevó a sonreír con calidez y ternura.
¿Cómo no iba a estar orgullosa de él?
Gracias a su trabajo y a las horas que le dedicaba, podían vivir con una comodidad muy inusual para alguien de su posición. Si bien era cierto que no eran ricos, tampoco tenían las preocupaciones típicas de los que no pueden llevarse nada a la boca.
Aun así, sus vidas no eran perfectas: Vandor estaba absorto en sus libros y ella, estaba confinada a las cuatro paredes que conformaban su casa.
Al recordar ese último detalle, Rose frunció el ceño y dejó escapar un leve bufido lleno de resignación y enfado. Sin embargo su padre no reparó en él, ya que ese suspiro se perdió tras el sonido de las páginas de un libro al ser pasadas.
 El éxito que había tenido Vandor entre la sociedad londinense les había puesto en un compromiso a ambos.
¿Y por qué?
Porque ninguno estaba preparado para lo que vendría después. De la noche a la mañana las invitaciones para diferentes reuniones sociales y fiestas llenaron su buzón. Las notas, los reclamos, las suaves órdenes disfrazadas de peticiones. El decoro y la etiqueta. Los modales.
Una infinidad de cosas que Rose, en aquellos momentos, era incapaz de entender.
¿Cómo iba a hacerlo si, prácticamente, era una niña?
Aún con el esfuerzo de su padre y el de ella misma, había tantas cosas que desconocía y que no alcanzaba a comprender que todo parecía ser una pérdida de tiempo. Fue entonces cuando Vandor comprendió que la educación de una adolescente para tales eventos distaba mucho de ser algo sencillo.
Aunque, a decir verdad, Rose nunca había dado problemas en lo que al aprendizaje se refería. Era una Drescher, y eso significaba inteligencia, buena disposición y una asombrosa memoria. Sin embargo, su apellido no estaba exento de defectos.
Incapaz de no sonreír, Rose recordó sus pataletas, sus gritos inconformistas. Su exaltado orgullo teñido de lágrimas. Los problemas con los que sus padres lidiaban a diario y que, con el tiempo, cayeron en un saco roto. Mucha culpa la tuvo el lugar en el que creció, aquel campo infinito y verde alejado de las convenciones sociales. pero ellos, tan jóvenes e inexpertos, nunca llegaron a entender que sus ansias de libertad provenían de la misma tierra que la había visto nacer.
Un ramalazo de nostalgia hizo que Rose se removiera en la silla y que cerrara momentáneamente los ojos. Incluso ahora, tantos años después, notaba el doloroso anhelo que la corroía. Eran tantas cosas las que habían dejado allí...
Entre ellas, un trozo inmenso del corazón de ambos.
Su madre, Annaliese, sucumbió a las fiebres durante una epidemia de gripe y les dejó solos, inmersos en la pena, en la melancolía y en un centenar de problemas que aún no atinaban a vislumbrar.
Pero todo llegó y su padre no tardó en descubrir que, realmente, no conocía a su hija. Sí, era cierto que la idolatraba, pero en el tiempo en el que Annaliese la educaba, él se limitaba a disfrutar de sus risa y de sus caricias tiernas e infantiles. Nunca pensó que, realmente, no actuaba como un padre debía hacer.  
Y cuando se dio cuenta, era, quizá, demasiado tarde.
Rose volvió a abrir los ojos. Miró a su alrededor, como si fuera la primera vez que veía el estudio: las cortinas azules y pesadas, los muebles de madera maciza que se apretaban contra las paredes. La alfombra de motivos florales que cubría el suelo teñida por la escasa luz que entraba por la ventana.
Sus vidas habían cambiado en muy poco tiempo. Era una verdad innegable, como lo había sido en su momento. Aunque era muy pequeña cuando aquella desgracia había tenido lugar, recordaba a la perfección el gesto desesperado de su padre, su agonía al darse cuenta de que Annaliese no les acompañaría más. Ni siquiera la alegría que debería haber sentido cuando su fama creció en Holanda fue suficiente para calmar el dolor de sus heridas.
Habían sido demasiadas cosas en muy poco tiempo. Era lógico, mirando atrás, que su padre tomara las decisiones que había tomado. Necesitaba tiempo para recuperarse, para seguir adelante con el caos que arañaba cada instante de su vida. Y por eso mismo, pidió ayuda: apenas dos semanas después de la muerte de su mujer, contrató a una nodriza que se encargó de Rose mientras él viajaba.
Al principio solo se trasladó a ciudades cercanas, a dar pequeñas conferencias o a firmar algunos ejemplares pero, según pasaba el tiempo, se alejó del lugar en donde vivía. Llegó incluso a la capital, donde permaneció durante los largos meses de invierno. El éxito, aferrado a su apellido, subió como la espuma y llenó de suaves rumores los oídos de quienes querían saber algo de él.
Poco a poco su fama y sus libros  se extendieron con lentitud hacia los países vecinos: primero, Francia, donde pasó años inmerso en sus continuas idas y venidas. Después, llegaron las primeras incursiones a tierras inglesas. Y con ellas, una cantidad bastante asombrosa de dinero. Fue, precisamente en ese instante, cuando Vandor lo dejó todo para dedicarse a la literatura.
¿Y qué fue de ella, mientras tanto?
Rose sonrió con tristeza al recordar aquellos largos meses de su vida en los que la pena y la melancolía habían guiado sus gestos. Ni siquiera Dorothy, su niñera, consiguió desterrar del todo los malos momentos, aunque sí logró encauzar sus descarriados pasos. Si bien era cierto que sus enseñanzas no eran para nada lo que la aristocracia requería, sí que aprendió las bases de toda mujer: coser, cocinar, administrar su casa. Montar a caballo. Regatear con los mercaderes. Incluso aprendió a leer durante los meses que su padre permanecía en casa. Pero, incluso así, era incapaz de acatar normas, de no decir todo lo que pensaba, fuera o no correcto, y de soportar las injusticias de ser mujer.  
Ni siquiera las amargas recriminaciones de su padre parecieron tener efecto, porque ella continuó alimentando ese deje de rebeldía que tanto asustaba a los demás. Quizá fuera, precisamente por eso que, cuando recibieron la primera invitación formal para ambos, se vieron obligados a declinarla. La excusa fue que se hallaba indispuesta, cuando, lamentablemente, la verdad era muy diferente.
Pero ¿de qué otra manera podían evitar las habladurías?
Estaba claro que las cosas no podían seguir así porque, tarde o temprano, la pequeña farsa que mantenían se vería descubierta. Por eso mismo, su padre decidió aparcar sus libros y dedicarse, por fin, a ella. En el corto espacio de un par de meses, aprendió nociones básicas de varios idiomas, aritmética, filosofía y poesía, cálculo y literatura. Le enseñó el noble arte de la conversación pero, en su exaltado entusiasmo, obvió cosas mucho más importantes como la discreción, el decoro y su correcto lugar en la sociedad.
Una vez más, su padre se equivocó.
Al llegar a ese doloroso recuerdo, Rose crispó las manos, levantó la cabeza con orgullo y se forzó a pensar en que ahora, las cosas eran muy diferentes.
Meses después de  la primera invitación llegó otra, con mucha más floritura y renombre. Esta vez, no consiguieron negarse y entre nervios y suspiros quedos, acudieron.
Fue un auténtico y bochornoso desastre. En poco más de dos horas, se equivocó con la cubertería, discutió con uno de los lores sobre el alto precio de los caballos y contestó de muy malos modos a una mujer que hizo un desafortunado comentario sobre ella. A cambio, tuvo que soportar muchas burlas disfrazadas de cumplidos y muchas carcajadas ocultas tras los puros y los abanicos.
Por primera vez en su vida, conoció la amargura de la humillación.  Y decidió que no volvería a pasar por ello.
Poco a poco, impuso su empeño y voluntad en aprender las bases que regían aquella  sociedad encorsetada. Al principio, recordó, fue gracias a los libros que su padre le traía y, después, fue él mismo quien insistió en ayudarla. Al parecer, se había dado cuenta de lo profundo de sus errores y del daño que podía hacerle a una mujer una equivocación tras otra. Si ella continuaba así, no encontraría un marido decente y sus nietos, si es que los tenía, tendrían que sufrir una vida mucho más dura.
Pasaron los meses y con ellos, el dulce y tierno susurro de las estaciones. En realidad no recordaba cuánto tiempo había pasado, pues lo único que rememoraba eran sus lecciones a la luz de la fría ciudad, sus desesperados intentos por encajar en un lugar que ni siquiera le gustaba. Pero, aun así, insistió hasta la saciedad. Y de pronto, un día, no tuvo nada más que aprender. Había cumplido los dieciocho años y ya podía decirse que casi era una dama.
Rose sonrió al pensar lo cerca que estaba de acabar con toda aquella pesadilla. En realidad, meditó, solo necesitaba una presentación en sociedad apropiada... que no tendría lugar hasta la siguiente temporada. Y para eso, aún quedaban unos meses.
El suave tintineo de las manecillas del reloj de pared al moverse, la sacó de sus profundas cavilaciones. Contempló a su padre que, al igual que ella, permanecía absorto en sus pensamientos y después, clavó sus ojos en la hora.
—Padre, son casi las doce —comentó, con toda la sutileza que fue capaz de aunar. Siempre era mejor tantear el terreno antes de hacer nada, especialmente si se tenía algo "poco correcto" en mente—. ¿No sale hoy a pasear? —preguntó,  a pesar de que sabía que, según su costumbre, quedaba poco que se cansara de sus libros. Y cuando esto ocurría, se marchaba a tomar el aire dando un paseo.
Un paseo que siempre duraba una hora. Una maravillosa hora de libertad.
Vandor levantó la cabeza y miró el reloj de pared. Su rostro, cansado y viejo, reflejó sorpresa pero no dudó en levantarse de inmediato mientras ordenaba un enorme fajo de papeles.
—¡Vaya! No pensé que fuera tan tarde —musitó para sí, con un ronco susurro que solo alcanzó sus oídos. Después carraspeó sonoramente y se acercó a la joven, que sonrió y esperó a que besara su coronilla—. Dile a Dotty que prepare algo de comer, no tardaré en volver. Y si tardo, es que esos condenados libros me han sorbido el seso y el tiempo. ¡Sobre todo el tiempo!
Al escucharle, Rose dejó escapar una carcajada, cristalina y suave, sin poder evitarlo. La emoción acarició sus labios poco después, pero se obligó a no moverse de la silla y a no dejar entrever su creciente entusiasmo. A cambio, compuso una sonrisa llena de sumisión y buenos deseos y se limitó a despedirse de él.
—Como desee—contestó con docilidad y esperó a que su padre se girara para marcharse.
Inmediatamente, su sonrisa se transformó en tenue picardía y se amplió en cuanto abrió la puerta. Aun así, permaneció sentada, a la espera.
Vandor echó una última mirada a su hija, que había vuelto a coger su labor, y asintió en un gesto imperceptible, pero conforme y satisfecho. Estaba muy orgulloso del buen comportamiento que había desarrollado, ya casi parecía una mujer normal y corriente y no la pícara que solía ser.
 Sonrió para sí, cogió su gastado sombrero de copa y su abrigo y, tras echar una última mirada a la habitación, se marchó.
Definitivamente, su hija, ésa que había sido rebelde y obstinada, se había convertido en una auténtica dama.
El silencio llenó la habitación. Pasó un minuto y tras ese, otro más. Después se escuchó el apagado sonido de una puerta al cerrarse.
—¡Por Dios! ¡Ya iba siendo hora!—farfulló Rose y se levantó con rapidez.
Un par de mechones rojizos se soltaron del tirante moño y cayeron sobre su rostro, suave y pálido.
Frustrada, puso los ojos en blanco, resopló y los colocó tras la oreja con impaciencia. Ya tendría tiempo de peinarlos después, pensó, cuando llegara a casa. Y si no lo hacía… bueno, ya encontraría una excusa apropiada que explicara por qué iba tan despeinada. Seguro que tenía alguna guardada en su gran repertorio de mentiras.
Rose se estiró, precisamente como nunca tendía que hacerlo, y subió a su habitación tan rápido como le permitían sus pies. Su hora de libertad acababa de empezar y ella valoraba mucho ese tiempo pues eran los únicos momentos en los no tenía que mentir para agradar, ni  tenía fingir que estaba a gusto con la vida que llevaba.
Tras colocar el bordado en el cajón de la cómoda del saloncito, pasó como un huracán por su habitación, de donde cogió un sombrerito azul y un velo de gasa, además de un pequeño monedero que escondió en su corsé. Después, cuando se aseguró de llevarlo todo, esquivó a un par de criados que deambulaban por la habitación de su padre y se escabulló hacia la puerta trasera de la cocina.
En su fuero interno sabía que lo que hacía no estaba bien. Y también comprendía que su padre montaría en cólera si se llegaba a enterar de sus continuas escapadas. Quizá por eso le gustaba tanto hacerlo... porque era una manera de sentirse viva y de recuperar la rebeldía que tantas veces había guiado su vida. Quizá también era para llamar su atención, para que éste se diera cuenta de que aquella situación no era lo que ella deseaba.
Rose quería libertad y no vivir entre aquellas cuatro paredes. Tampoco quería casarse, porque supondría cambiar una jaula, por otra.
Ella quería vivir. Simplemente.
Tras unos minutos de vigilancia constante y nerviosa, consiguió despistar a su vieja nodriza que, atareada en sus quehaceres, no la vio deslizarse por la puerta entreabierta.
Para cuando quiso darse cuenta que  no estaba, Rose se hallaba lejos, muy lejos.
Quizá, demasiado.
o
El mercado de los domingos siempre era una buena opción para comprar muebles de corte clásico, baratijas y exquisitas piezas traídas de América o de otros rincones del mundo. O, por lo menos, eso era lo que querían hacer creer los mercaderes, que con sus gritos y berreos, llenaban la concurrida plaza.
Marcus echó un rápido vistazo a uno de los puestos del centro de la plaza, a pesar de la multitud que se agolpaba en él. Sus ojos, profundamente azules, se clavaron en un enorme arcón de madera oscura lleno de filigranas plateadas. Inmediatamente, se hizo un hueco entre la gente e hizo un gesto, cargado de autoridad, que atrajo al mercader.
—¿Madera de nogal? —preguntó sin alzar la voz, más atento al baúl que a la sonrisa cauta del hombre.
Éste asintió con autosuficiencia, casi con un deje impertinente, y se acercó hasta quedar frente a él.
—Por supuesto, señor. Esta hermosura viene de los nogales centenarios del centro de Europa —contestó con alegría, mientras daba un par de fuertes golpes en la madera que no hizo más que demostrar que, efectivamente, era tan sólida como parecía.
—Ya veo —murmuró Marcus a su vez, poco convencido a pesar de todo.
Tomó aire, se agachó y pasó una de las manos por la filigrana central del arcón. No tardó en darse cuenta de que aquello no era plata, sino una baratija parecida.
Suspiró, decepcionado y se incorporó.
¿Cuánto podría tardar en sustituirla por plata real? Quizá, si se esforzaba, no pasara de un par de días. Instigado por esa posibilidad, asintió y levantó la mirada.
—¿Cuánto?
—Cuatrocientas libras, señor.
Al oír el exorbitado precio que pedían, Marcus enarcó una ceja, negó con la cabeza y clavó su imperturbable mirada en el tendero. No iba a permitir que nadie se riera de él y mucho menos, que se embolsara aquella ingente cantidad de libras extra a su costa.
Al parecer su gesto fue bastante explícito. De inmediato, se oyó un sutil carraspeo y una nueva oferta:
—Pero por ser usted, milord, lo dejo en doscientas cincuenta.
—Mucho dinero por un arcón que tiene de madera centenaria lo que yo de santo, y que tiene de plata lo que yo de mujer. —Bufó, en contestación. Después apretó los labios en un rictus meditabundo y, como siempre que algo rondaba por su cabeza, se pasó una mano por el pelo, que ya rozaba la mitad de su espalda. Tras un momento dejó escapar el aire, con un suspiro—. Ciento cincuenta libras y te estoy dando mucho.
—Pero, señor… —protestó—. Me ha costado mucho más de lo que me ofrece. ¡Mírelo! Es un arcón fantástico. Vale, al menos, doscientas veinticinco.
—No vas a convencerme. Si pretendes quitarte esta baratija de encima, yo que tú aceptaría las ciento cincuenta libras. Si no, será mejor que busques a otro necio al que engañar.
Sus palabras parecieron tener un efecto contundente. No solo en el hombre al que se enfrentaba, sino también, en muchas de las personas que estaban alrededor. Hubo algunos murmullos de desconfianza e incluso diversas miradas de descontento.
Finalmente, ante lo precario de la situación, el hombre decidió encauzar su negocio, así que esbozó su mejor sonrisa y asintió.
—¡Está bien, señor! Se ve de lejos que tiene buena mano en los negocios. Me rindo ante la evidencia—. Rió con gravedad y después, asintió, mientras se palmeaba el estómago—. Será un placer volver a verle, señor.
Marcus sonrió, satisfecho y recogió el elegante bastón que había dejado en el suelo poco antes.Después se incorporó y sacó su cartera, de la que extrajo la cantidad convenida. No pudo evitar un quedo suspiro al ver como desaparecía su dinero a manos del mercader, pero sonrió al ver como dos de sus sirvientes cogían el arcón y lo llevaban al carruaje que lo esperaba a un par de calles de allí.
A pesar de todo, había sido una buena inversión.
—Oh, lo será.  Y estoy seguro de que te alegrarás de verme —contestó a su vez, con ligereza y una media sonrisa llena de sarcasmo.
No hubo más contestación que una sonora carcajada y ésta no tardó en ser ahogada por el resto de gritos, risas y discusiones que enriquecían el ambiente con sus variopintos timbres.
Marcus sacudió la cabeza e hizo un breve gesto de despedida. Después se alejó un par de pasos, se giró y volvió a retomar su paseo por las concurridas calles.
A esas horas la plaza de Covent Garden rebosaba de actividad. El mercado, repleto de puestos de antigüedades, frutas y verduras y ahora, también flores, llenaba el húmedo aire londinense con una atrayente y fuerte mezcla de olores. Además, la misa de una iglesia cercana había terminado hacía poco y eso, sumado al inusual buen tiempo del que disfrutaban, convertían la plaza en un bullicioso punto de encuentro.
Tras la compra, Marcus se alejó del gentío y continuó caminando por las calles que rodeaban el mercado. Sus pasos, lentos y seguros, le llevaron de un lado a otro con suavidad, durante lo que parecieron horas.
Pero, ¿acaso importaba el tiempo cuando se disfrutaba de un tranquilo paseo?
Hacía mucho que no conseguía salir de su casa para algo que no fueran los negocios de su familia. Por eso, el hecho de deambular con tranquilidad por las calles de Londres y de distraerse con algo que no estuviera entre cuatro paredes, lo absorbía por completo.
De pronto, sintió algo chocar contras sus rodillas: un niño pequeño, lleno de hoyuelos y con las mejillas sucias, cuya mirada, entre pícara y asustada, no estaba puesta en él.
 Marcus se detuvo con brusquedad, contuvo una exclamación sorprendida y siguió con la mirada al pequeño cuando éste se apartó unos pasos de él. Ambos se miraron durante un momento, hasta que, un grito de advertencia atravesó el espacio entre ambos. Justo después el pequeño sonrió de manera traviesa, hizo un infantil gesto de despedida y desapareció tras las faldas de una mujer, que lo regañó con la severidad típica de una madre preocupada.
Y Marcus sonrió, porque no podía hacer otra cosa. Esperó pacientemente a que ella terminara con sus recriminaciones, apoyado en su bastón y después, cuando se acercó a él, aceptó sus disculpas llevándose una mano al borde de su sombrero de copa.
Niños...
En realidad, nunca había reconocido en voz alta lo mucho que deseaba tenerlos.
¿Debería hacerlo, quizá? ¿Cambiaría su suerte?
El tiempo pasaba y, aunque se resistía a creerlo, empezaba a pensar que ese momento nunca llegaría. Sabía que aún no era tarde y que todo se arreglaría si Amanda se quedaba encinta.
Sonrió brevemente ante esa posibilidad que cada día se le antojaba más remota y observó al pequeño hasta que desapareció tras las sombras de las calles.
Amanda, su mujer, era una belleza inglesa que respondía con nitidez al canon de elegancia del momento: rubia, esbelta y de ojos claros. Era algunos años más joven que él, pero ya había desarrollado un gusto asombroso por el lujo y la buena vida.
Sorprendentemente, a él no le importaban sus caprichos, ni algunas de sus excentricidades más notorias, ni siquiera el hecho de que se pasara la vida de fiesta en fiesta.
A fin de cuentas, pensó, resignado, con el paso de los años uno terminaba por acostumbrarse. Sí, era cierto que su matrimonio había sido de conveniencia. Y sí, hubo un tiempo en el que odió su suerte. Pero ahora, años después, podía admitir que no había salido del todo mal. Había sido toda una novedad que, meses después de convivir con ella, hubiera aprendido a valorar su compañía. Incluso podía decir que se querían, a su extraña y encorsetada manera. Pero gracias a ese cálido cariño habían solventado muchos problemas que, de ser de otro modo, los hubieran enterrado en el malestar y la desidia. 
Una serie de gritos e insultos trajeron a Marcus de vuelta a la realidad. De golpe se vio inmerso en el ajetreo de la ciudad que, muy a su pesar, distaba de la tranquilidad de sus pensamientos. Sin embargo, sí que sirvió para que fuera consciente de que, en algún momento de su paseo, se había separado de su mujer.
Marcus frunció el ceño, preocupado, y giró la cabeza para buscarla entre la multitud. La última vez que había cruzado una palabra con ella estaban junto al puesto de seda, dos calles más allá. Después, sinceramente, no recordaba haberla vuelto a ver.
 Los gritos y el malestar general impuesto de golpe en la plaza tampoco ayudaban a que se tranquilizara. Su incomodidad aumentó, inevitablemente y llenó sus oídos de susurros negros y peligrosos. Giró sobre sí mismo, entrecerró los ojos para evitar que la leve luz del sol lo deslumbrara y escudriñó los dispares rostros de una multitud que no reparaba en él.
Fue entonces, tras unos segundos llenos de tensión, cuando reconoció sus rizos dorados entre la gente.
Suspiró, aliviado y, de inmediato, hizo un gesto a uno de los criados que siempre les acompañaban para que se quedara cerca de ella. No era que no quisiera pasear con ella, pero conocía sus costumbres tan bien como la palma de su mano y sabía que Amanda no le echaría en falta. Por el contrario, desearía que desapareciera para poder gastar su dinero con mucha más comodidad.
¿Y quién era él para negarle semejante felicidad?
Marcus sonrió para sí mismo y echó a andar de nuevo. Quizá, después, se topara con ella de nuevo.
El mediodía de un domingo no era un momento favorable para pasear. No había nada parecido a la calma, ni siquiera un susurro que permaneciera quieto un instante. De hecho, era precisamente al contrario: solo había risas y gritos acompañados de olores vibrantes y dulces que, al compás, se mezclaban con los más desagradables. También había miradas. Y en ellas, se encontraba todo un mundo por descubrir: desde las torvas y malhumoradas a las que portaban sonrisas y dulzura.
Por eso, el domingo era el día perfecto para observar a Londres en su pleno apogeo.
Marcus tomó aire con lentitud cuando sintió  que la muchedumbre se cerraba en torno a él. Agobiado, decidió alejarse poco a poco, aunque para ello tuvo que saludar a todos los conocidos que le detenían. Como siempre, esbozó una sonrisa perfectamente ensayada y se deshizo de ellos con la habilidad y educación de quien estaba acostumbrado a hacerlo.
Era curioso lo diferente que eran unos de otros, a pesar de pertenecer a los mismos círculos sociales. Sí... él  nunca había sido como el resto. Disfrutaba de su posición, por supuesto, pero no veía la vida como lo hacían los demás. Para él, las fiestas, las cacerías y las carreras de caballos solo eran una diversión pasajera, y no una forma de vida. Por el contrario, prefería quedarse en casa con el fuego encendido, con un buen libro y una copa de brandy. Eso y, por supuesto, acostarse con su mujer en cuanto la ocasión lo permitía. Lo cual últimamente no era muy a menudo, porque, con el tiempo, Amanda se había distanciado considerablemente de él. Habían llegado a un punto de su matrimonio en el que no había manera de avanzar pero, sorprendentemente, tampoco podían echarse atrás.
 Tras una última sonrisa, esta vez, más apagada, Marcus consiguió desembarazarse de los Kingsale y se alejó a grandes zancadas hasta el otro lado de la calle. Al sentir que tenía su espacio de nuevo cerró los ojos, se estiró con discreción y dejó escapar el aire  Y de nuevo, como si el destino estuviera jugando con él a un juego preciso y secreto sintió algo chocar contra él. Algo que,  a juzgar por la maldición que brotó de sus labios, no era ningún niño. Inconscientemente, estiró los brazos y sujetó a la joven para evitar que cayera.
—Pero ¡¿qué demonios?!
Sorprendido y ligeramente alarmado, Marcus retrocedió un par de pasos para recobrar el equilibrio, pero no la soltó. Por el contrario, sujetó sus brazos con más fuerza, como si temiera que se volatilizara entre sus manos.
—¡Dios mío!
Rose ahogó un gemido, se aferró a quien la sujetaba y, cuando comprobó que sus pies se apoyaban en el suelo, sonrió y levantó la cabeza. Durante unos segundos no dijo nada, pero dejó que su mirada vagara por el hombre con el que acababa de chocar: ojos azules, barba de tres días, bastante más alto que ella y con una sonrisa ladeada que hizo que se ruborizara.
Dejó escapar una brevísima carcajada al darse cuenta de su descaro y apartó la mirada.
Lo siento muchísimo, no le vi.  
Marcus asintió con un cabeceo, después la soltó con lentitud, recogió el bastón del suelo y se apoyó en él.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, solícito.
Tuvo que reprimir una sonrisa al ver su rostro ruborizado, pero eso le permitió contemplarla más detenidamente. Se encontró con unos ojos muy bonitos, oscuros y llenos de calidez que en seguida le gustaron.
—Claro. ¿Y usted? —contestó ella, precipitadamente. Tanto, que la pregunta sonó brusca y maleducada.
Cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer, hizo una mueca de disgusto y volvió a empezar, aunque su tono se volvió un tanto sarcástico
—Quiero decir… sí, me encuentro muy bien, como nunca en mi vida. Gracias por preguntar, señor.
Su tono de voz era tan lastimero y tan diferente a la sonrisa que había visto momentos antes, que Marcus no pudo evitar sonreír con simpatía.
¿De dónde había salido?
Abrió la boca para preguntárselo pero, en ese momento, una ráfaga de aire más  fuerte y obstinada que las demás, arrancó el pequeño sombrero de manos de Rose. Y voló sobre las corrientes que giraban sobre ellos, durante lo que pareció una eternidad.
—¡Mierda, mi sombrero! —maldijo Rose e hizo amago de salir corriendo hacia él.
Y lo hubiera hecho si Marcus no le hubiera cogido de la muñeca. Aquel contacto, tan sutil y sorprendente hizo que todo pareciera perder todo su sentido, como si, en realidad, nunca lo hubiera tenido.
Impactada, se quedó completamente quieta, con la mirada llena de confusión y preguntas.
—¡Edward, el sombrero! —Marcus alzó el bastón y señaló la prenda, con asombrosa tranquilidad. Después soltó a la joven y se acomodó la levita, mientras un hombre, mayor y bien vestido, se apresuraba a cumplir sus órdenes.
Unos segundos después, volvió a levantar la mirada para contemplar a la joven, verdaderamente intrigado. Era la primera vez que escuchaba la palabra “mierda” en labios de una mujer, y aunque no era algo que esperara, reconocía que había sido una experiencia de lo más curiosa. Y no solo eso, sino que, además, le había dejado prácticamente sin palabras.
¿Qué modales se debían usar con una mujer como esa?
Afortunadamente para él, Edward, su mayordomo, le sacó del apuro cuando se acercó con el sombrerito. Lo cogió con mucha ceremonia, quitó las hojas y el escaso polvo que lo cubría y se lo tendió a ella.
—Mis más sinceras disculpas, señorita, pero no esperaba verme tan agradablemente asaltado.—Sonrió con suavidad y se llevó una mano al borde de su sombrero, a modo de saludo.
—Disculpas aceptadas. —Sonrió con brevedad y aceptó la prenda—. Lo cierto es que yo tampoco esperaba verme asaltada —contestó y, justo después devolvió el sombrero a su lugar y acomodó el diminuto velo de gasa que lo adornaba—.¿Le hice daño?
—Para nada. —Marcus sonrió para sí y apoyó ambas manos en el bastón, una sobre la otra—. Solo ha sido un golpe, señorita, creo que sobreviviré a ello—. Su sonrisa se hizo más amplia y se tiñó con las suaves sombras de la burla—. ¿Puedo preguntarle a dónde iba con tanta prisa, señorita…? —Se detuvo y esperó diligentemente a que ella terminara la frase.
 De inmediato le resultó curioso que preguntara aquello. Normalmente no se interesaba por ninguna de las personas con las que se topaba a lo largo de un domingo. De hecho, ocurría precisamente lo contrario. Incluso, a veces, obviaba el hecho de que allí había más personas. Y no era porque las odiara, como muchos de sus colegas aristócratas, sino porque, simplemente, estaba cansado de ellas.
Pero, en aquella ocasión, su curiosidad se encendió tan deprisa como un reguero de pólvora.
—Drescher. Señorita Drescher —contestó Rose, al cabo de unos segundos de indecisión.
Tuvo que apartar la mirada de él para conseguir serenar los extraños y fuertes latidos de su corazón.
¿Qué demonios le pasaba?
Ella nunca se dejaba amilanar, fuera un hombre o no quien tenía delante. Y, sin embargo, aquel había conseguido enmudecerla o, al menos, contrariarla. ¿Y por qué? se preguntó, confusa. Lo único que había hecho era preguntarle su nombre. Nada más.
Se recriminó con dureza, furiosa consigo misma. Aun así, no dejó que ninguno de estos sentimientos se reflejara en su gesto. Al contrario, su sonrisa se tornó más suave, aunque aún perduraba en ella el ligero brillo de la picardía. Ahora, pensó, sería él quien se quedara sin palabras, porque nadie era más osada que ella—. ¿Y usted? ¿Quién es?
—Marcus Meister —respondió, con lentitud. Durante un momento estuvo tentado de nombrar sus títulos, pero se contuvo y esperó a que ella reconociera el poder de su apellido. Efectivamente, momentos después, el gesto sonriente de la joven se oscureció, lleno de preocupación—. Es un placer, señorita Drescher.
Un duque, pensó, aterrada. Aquel hombre era un maldito duque. ¿Cómo iba ahora a salir del lío en el que, muy posiblemente, se había metido?
A pesar del repentino malestar que la recorría, Rose se esforzó por mantener la conversación a flote. Su sonrisa fue más comedida y la reverencia que le dedicó, torpe y tensa. Sus movimientos parecían, de golpe, mucho más forzados y cuidados, y eso, sorprendentemente, divirtió a Marcus.
 A fin de cuentas, seguía siendo la misma persona con la que la joven había chocado. Y aunque era así, todo se había trastocado. Ahora ya no había picardía, ni el sutil coqueteo que había adivinado en su mirada. Todo se había apagado, tocado por el decoro y los modales.
—Lo mismo digo, milord.
 La frialdad de sus palabras provocó en él un intenso vacío.
¿Por qué siempre ocurría lo mismo? En cuanto mencionaba su apellido, todo a su alrededor se transformaba y se convertía en una mala versión de lo que había sido.
Marcus suspiró, decepcionado y observó a la joven que se incorporaba. No tenía nada de la belleza clásica que volvía locos a los hombres de la épica, pero no podía negar que le parecía muy hermosa. Su pelo rojizo y su piel blanca hacían una combinación inusual y  muy atractiva. Incluso la sinceridad de sus ojos le parecía interesante.
De pronto, ya no tuvo tantas ganas de que la conversación se acabara.
—¿Ha dicho Drescher? ¿Cómo el escritor? —preguntó, con curiosidad. Recordaba haber leído alguna de sus obras, pero no que tuviera una hija.
—Exactamente como él, milord. De hecho, es mi padre. — Rose esbozó una sonrisa lenta y  comedida, como las que había ensayado tanto en los últimos meses. Pero, también, tuvo que contenerse para no fruncir el ceño.
Rose adoraba a su padre y todo lo que él hacía, pero odiaba que la gente solo la conociera por él. Desde que se marcharon de Holanda, hacía ya cerca de un año, pasó de ser “Rosalyn Drescher” a “la hija del señor Drescher”. Como si se tratara de una mascota o de algo peor.
—Perdone mi ignorancia pero no sabía que Vandor Drescher tuviera una hija.
Su tono de voz, entre burlón y amable, hizo que Rose chasqueara la lengua, molesta. Después puso los ojos en blanco y tomó aire para relajarse, para no dejarse llevar por los sentimientos cargados de fuego que bullían en ella. Aquel momento no era el ideal para dejar salir todos sus demonios, aunque tuviera unas ganas casi incontenibles de explicar que ella también existía lejos del hogar paterno.
—Poca gente lo sabe, milord —contestó y trató de sonreír con amabilidad. Mentalmente repasó todas las normas de la buena cortesía para no parecer descortés y desagradable, aunque estaba a un paso de serlo—. Así que no se preocupe, es perfectamente normal que no me conozca.
Marcus sonrió de medio lado, divertido.
Aquella mujer no tenía pelos en la lengua y parecía no tener problemas para decir lo que pensaba. Era fascinante y extrañamente atrayente. Como un soplo de aire fresco que despejaba y llenaba los pulmones.
En ese momento, el repiqueteo de las campanas de la iglesia le hizo reaccionar y salir de su ensoñación.
—Vaya, mucho me temo que estoy siendo un maleducado, señorita Drescher. Si mal no recuerdo, usted tenía prisa por ir a algún lado. Y yo, evidentemente, la estoy entreteniendo —dijo, no sin pesar, mientras sacaba un reloj de plata de uno de los bolsillos de su chaleco. Cuando vio la hora, suspiró—. Y ahora que lo pienso, yo también debería irme. Mi mujer me estará buscando.
Malhumorado por tener que dejar la conversación ahí, Marcus escudriñó, una vez más, a su alrededor. Sus ojos azules acariciaron a las multitudes, hasta que se detuvieron en una mujer que se acercaba a ellos. Sus pasos eran elegantes, suaves y su gesto, sereno y conciliador.
Momentos después, Amanda llegó hasta donde estaban ambos.
—Marcus, creí que te habías perdido otra vez entre los libros del mercado —protestó, con suavidad. Sus ojos, también azules, se clavaron en los de él, cargados de reprobación—. Edward me ha dicho que has comprado otro mueble. Por favor, dime que es una broma.
A modo de contestación, Marcus suspiró, puso los ojos en blanco y carraspeó con una sutileza que decía, claramente, que aquel no era ni el lugar, ni el momento de discutir lo que dejaba o no de hacer.
Amanda enarcó una ceja, sorprendida, y después fijó su mirada en Rose, que aún no se había movido de donde estaba y que les observaba en silencio.
—¿Con quién hablas, querido?—preguntó, esta vez de manera encantadora.
A su espalda, Marcus contuvo un bufido y se adelantó para hacer las presentaciones.
—Ella es la señorita Drescher.
Inevitablemente, Amanda se giró hacia ella. La miró de abajo arriba durante unos momentos, con una insolencia impropia en ella, hasta que se encontró con sus ojos, oscuros y cargados de una frialdad que la retaba a decirle algo.
 Sorprendida, parpadeó con rapidez para borrar su gesto confuso y después sonrió con aparente amabilidad.
—¿Drescher? ¿Cómo el escritor? 
—Exactamente, milady. Vandor Drescher es mi padre —contestó Rose y le devolvió la sonrisa, aunque no estaba, ni de lejos cargada de los mismos sentimientos.
—Entiendo. 
Marcus carraspeó suavemente y miró a su mujer.
—Señorita Drescher, ella es lady Meister. —Sonrió brevemente, solo para Rose—. Mi adorable mujer.
Tal y como rezaban las costumbres, Rose hizo una discreta reverencia y continuó sonriendo de manera forzada.
Era increíble lo que veía ante ella. En su vida había visto tanta hipocresía junta ni tanto malestar oculto tras falsos halagos.
¿De verdad su padre quería que entrara en ese mundo de falacias y mentiras?
Sintió repugnancia. Asco.
Pero, aún así, continuó allí, quieta, sonriente. Recordando que todo aquello lo hacía por su padre y su felicidad.
—Un placer —contestó, más por el hecho de ser educada que porque sintiera algún tipo de alegría.
De hecho, pensó, aquella mujer nunca llegaría a gustarle.
—Creo que tenemos alguna obra de su padre en casa. —Amanda sonrió con ligereza y miró a Marcus de reojo—. Son los libros que Marcus lee cuando se fuga de sus compromisos sociales.
—Amanda…
—Marcus, reconoce que tengo razón. Siempre que entro al estudio estás rodeado de libros o de alguno de tus condenados mapas. —Amanda miró a Rose, exasperada—. Ya no sé qué hacer con él. No consigo que se quede en mis reuniones más del tiempo estrictamente necesario. Y, a veces, ni siquiera eso.
Tras escuchar las críticas de la duquesa acerca de los libros y los mapas que tanto gustaban la gustaban a ella, Rose dejó escapar un bufido cargado de incredulidad  y exasperación, que disimuló rápidamente con un repentino ataque de tos. Su gesto atrajo las miradas preocupadas de ambos y, por primera vez desde que llegara Amanda, ahogó una leve sonrisa.
—Sí, menudo horror —contestó, con ironía.
Después miró a Marcus, le guiñó un ojo con discreción y volvió a sonreír a la mujer que, tras su sonrisa afable, no parecía haberse dado cuenta de nada.   
Pero no era así.
Amanda contempló a la muchacha que tenía frente a ella con una creciente curiosidad. Era evidente que entre su marido y ella había algo muy parecido a la complicidad que ellos ya no tenían.
¿Sería su amante? se preguntó, sorprendida. ¿Una amiga cercana?
Sin embargo, no tardó en comprender de que sus preguntas no tenían la respuesta que ella esperaba. Vio el nerviosismo de la joven, sus gestos inexpertos y turbios. Y supo, de inmediato, que aquella era la primera vez que se encontraban.
Sorprendentemente, casi sintió simpatía por ella.
—Pero se me ocurre una manera perfecta para que te quedes en la reunión del sábado. ¿Qué te parecería invitar a la señorita Drescher y a su padre?
Rose abrió mucho los ojos, sorprendida.
—Yo…
—Es una estupenda idea, Amanda. Creo que la mejor del día. —Marcus sonrió a su mujer y luego desvió la mirada a Rose—. Sería un honor que nos acompañara el sábado, señorita Drescher.
—Será un placer acudir a su reunión, lady Meister. Aunque aún no puedo confirmarle nuestra asistencia. —Miró a Marcus de reojo y esbozó una sonrisa traviesa—. Como milord puede saber, mi padre es una persona horriblemente ocupada. Pero estoy segura de que aceptará, una invitación como ésta no se recibe todos los días.
Amanda aplaudió suavemente, y esbozó una amplia sonrisa.
—Perfecto, entonces.
—Mandaremos las invitaciones esta semana.—Marcus sonrió a la joven, claramente animado ante la idea de charlar con alguien que fuera tan afín a él—. Si su padre no puede asistir bastará con que la decline. Pero al menos me gustaría contar con su presencia, señorita Drescher.
Rose sonrió, complacida ante el hecho de que él prefiriera su compañía a la de su padre. Una oleada de felicidad y agradecimiento recorrió su espina dorsal y se acomodó en su pecho. Era la primera vez, desde que llegara a Londres que alguien la tenía en cuenta ella, por encima de la fama de su padre.
—Será un placer asistir si el tiempo me lo permite, milord. Pero ahora… —Rose miró al inmenso reloj de la plaza, preocupada—. Creo que debería marcharme. Mi carabina estará buscándome y no creo que esté de especial buen humor, así que si me disculpan...
Hizo una reverencia a modo de despedida, mientras ellos asentían en silencio. Después se giró y se alejó caminando, con su elegancia recién ensayada, hasta estar fuera de su vista.
En cuanto se aseguró de que ninguno de ellos podía verla, Rose se giró y salió corriendo, ya que sabía que llegaba tarde... muy tarde.
Según el reloj de la iglesia que había dejado atrás, eran las doce menos cuarto. Sabía, a ciencia cierta, que  la hora de paseo de su padre terminaba en apenas quince minutos.
Tiempo suficiente, pensó, mientras redoblaba sus esfuerzos, para evitarse un gran problema.



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