martes, 18 de agosto de 2015

# Reto 1: La verdad de la rosa sin pétalos

¡Hola a tod@s!

Estreno sección con un reto que me lanzaron hace un tiempo.
La idea de abrir esta nueva sección ha sido gracias a muchos de mis compañeros escritores que, con sus ideas, me ayudan a innovar... así que gracias, chic@s :D

Reto 1


La idea es hacer un relato de Ciencia ficción de no más de cinco folios, en el que se hable de una sociedad futurista en la que no se pueden cultivar flores.


La verdad de la rosa sin pétalos 


Todo parecía resquebrajarse bajo la luz azul y blanca que desprendían los edificios. Los tenues parpadeos, el brusco sonido de la electricidad gimiendo a cada paso... todo parecía convertirse en una siniestra sinfonía que lo acusaba, que le gruñía por su osadía.
¿Debería tener miedo? Sí, por supuesto. Y en realidad lo tenía, porque tras el traje de escamas que le protegía de los rayos grises, esos que no dejaban de moverse por la ciudad, no tenía nada. Absolutamente nada. Ni apoyo, ni ánimo, ni siquiera ya la razón absoluta. Pero algo dentro de él, mínimo y sin fuerza, le obligaba a avanzar, a continuar hacia adelante.
El camino de acero y pesadas planchas de cristal se estrechó para señalizar con precisión que se alejaba de la zona permitida. Un crujido, leve y siniestro, también heló la mezcla de sangre y aceite que llevaban sus venas. Aire se giró, bruscamente, y escudriñó a su alrededor en busca de bots puros. Si ellos le encontraban... Sacudió la cabeza, apretó con fuerza los puños cubiertos de escama negra y siguió corriendo.

"Estás haciendo lo correcto" oyó, en su interior. Una voz dulce, femenina y muy familiar, que añoraba con verdadera desesperación. "Estás recuperando la verdadera vida, la verdadera luz"

—¿Y si me estoy equivocando? —Jadeó, mientras pasaba junto al luminoso de Marha, la entrada principal a la ciudad eléctrica en la que se encontraba, uno de esos pequeños reductos en los que los semibots aún podían caminar por las calles—. Ninguno piensa como nosotros, ni siquiera Agua.

"Agua es apenas una niña, mi vida. Pero entenderá con el tiempo lo que estamos haciendo. Ella, más que nadie, sabrá que todo lo haces por su bien"

Aire se estremeció con fuerza y se llevó el brazo, mitad metal, mitad piel y hueso, al pecho. Como de costumbre, no sintió nada, salvo la ahogada risa del ser que había conservado en su interior. Su madre. Una de las últimas humanas que habían pisado el estado de Enher, en la Tierra.

Aún recordaba la masacre, el miedo atroz y la desolación de los que eran como él. Solo su parte bot, herencia de su padre, le había salvado. Pero todos los demás... Sacudió la cabeza, horrorizado al ver las caras de la muerte, de la descomposición por ácido y electricidad. Ignoraba cómo su madre había llegado a él pero, tras la limpieza de la ciudad había empezado a oírla. Ella lo había llamado "alma", pero él solo creía que se estaba volviendo loco. Aún así, había permitido que la locura le guiara en aquella condenada cruzada.

—¿Estás segura de que funcionará? —musitó y continuó corriendo a través de un parque en el que florecían pequeños hilos violetas y azules, que brillaban con la fuerza del neón. Tuvo la necesidad de detenerse y comparar aquella belleza que se movía con cada impulso eléctrico con lo que guardaba en su interior, protegido por la estructura de su caja torácica.

Su madre lo había llamado "rosa" y era una de las flores más hermosas del mundo antiguo. En realidad, él no veía qué tenía de fascinante aquella planta sin luz, pero confiaba ciegamente en lo que ella le decía, incluso si eso le obligaba a romper la más básica de las leyes de allí.

"Lo hará, Aire. Pero llevará tiempo y esfuerzo. Tendremos que invertir toda una vida en ello, puede que más"

—¿Y valdrá la pena? —susurró, mientras se detenía a observar la ciudad que dejaba atrás. Contempló con fascinación la luz que formaba una cúpula y que les protegía de las estrellas, observó con placer cómo los enormes rayos de electricidad concentrada trepaban por los edificios para alimentarlos, para mantenerlos rígidos y brillantes.

"La vida vale la pena. Tú vales la pena. Tu hermana vale la pena. Los que morimos merecemos la pena, porque realmente disfrutamos de lo que nos ofrece el mundo"

Aire asintió ante la solemnidad de sus palabras. Después de tantos meses, de tantos años viviendo en aquel mundo transformado, se había dado cuenta de que todo dejaba de tener sentido. No había cambios, ni nacimientos, solo el perpetuo sonido del futuro asentándose. Al final, terminaba por resultar desagradable, en especial si, como él, habían conocido algo distinto.

"Ten cuidado ahora, mi niño. Nos acercamos al punto clave" susurró la voz, insistentemente y con un punto de temor incrustado en su característica suavidad.

Él también se estremeció y bajo las capas de acero que protegían su corazón humano, sintió miedo. Miedo a fracasar, miedo a que el esfuerzo de tantos años se hubiera ido al traste por un error suyo. Miedo a que el cambio no pudiera florecer.

—Me prometes que si esto sale bien ... ¿habrá más gente como tú? —Aire se detuvo y respiró las corrientes de energía que estremecían todo lo que tenía a su alrededor. Se sintió mejor de inmediato pero, aún así, continuó alerta.

"La habrá, con el tiempo. Y si todos comprendemos contra qué debemos luchar y entendemos el por qué de nuestros gestos, el mundo descubrirá en qué se ha equivocado. Tú serás el que continúe el legado humano, mi amor. El verdadero legado de la vida, no ésta mentira que se han impuesto a construir"

Aire asintió y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió. Notó la cálida fragancia de la rosa que escondía en su cuerpo y, de golpe, comprendió la belleza tímida y natural de ese pecado, de ese "error" de la nueva vida. En ese preciso instante, mientras abría la puerta del sótano, oculto en mitad de lo que parecía un taller de robótica, Aire recordó el motivo real de todo aquello. Rememoró la prohibición de cultivar, de plantar, de crear cualquier cosa que liberara verdadero oxígeno, verdadera vida. Recordó el miedo de los bots al ver que los humanos resurgían, que se aferraban a cada insignificante planta o flor para renacer de entre las cenizas de una civilización acabada. Tras aquella revolución contra natura, todo cambió y la matanza fue tomada como la solución obvia.

Aún así, aún quedaban seres como ellos, como Agua y él mismo, que vivían a caballo entre ambos mundos. Si había más como en ellos en Marha, lo ignoraba.

El chirrido agudo y estentóreo le advirtió de que alguien había estado allí hacía poco. Su pulso se aceleró, se volvió loco, se tornó histérico y errático. Bajó las escaleras con auténtico frenesí, tropezando con sus pies en la oscuridad hasta que ésta se abrió y dejó paso a la luz artificial de un pequeño sol, que brillaba sobre pequeñas cúpulas de cristal reforzado.

Aire gimió, se llevó la mano al pecho y notó, incrédulo, como una lágrima de aceite caía de sus ojos, ligeramente opacos debido a la gran cantidad de horas que había pasado bajo la luz de la ciudad. Todo estaba bien. Cada cúpula continuaba girando imperturbable: la lechuga, el nomeolvides, el tulipán blanco que su madre había rescatado y allí, al final, junto a la margarita...

— ¿Agua?

La pequeña niña metalizada, con sus grandes ojos verdes, herencia de la humanidad manifiesta de su madre, se giró lentamente y sonrió. No dijo nada en absoluto, ni dejó escapar un solo sonido. Se limitó a vaciar la regadera sobre la pequeña flor blanca, que pareció sonreír ante su gesto, justo como hizo su hermano durante lo que duró la caída del agua. Después, cuando el silencio se hizo patente de nuevo, se acercó a ella y se arrodilló.

Aire notó su mirada plácida, decidida, sobria. Sintió como, poco a poco, todo cobraba un nuevo sentido así que, guiado por esa nueva serenidad, abrió la compuerta de su pecho, donde los cables, las venas y el sentimiento, se entremezclaban. Allí, tras la firme capa del acero, una rosa semimarchita, con los pétalos retorcidos y casi sin vida, se escondía del miedo. Y aún así, cuando Aire la sacó de su escondite y se estremeció ante la energía que la sacudía, siguió luchando, siguió viviendo. Siguió respirando.

Una leve fragancia, dulce y queda, apenas desaparecida, apenas real, llegó a las fosas nasales de Aire y Agua. Sus pulmones, contritos, casi marchitos y muertos, se expandieron y crecieron, hasta llenar sus pechos de una nueva realidad.

"El cambio ha empezado con vosotros" oyeron, como un susurro en mitad del más profundo silencio, como una sonrisa en mitad de la oscuridad.

Y sonrieron, porque, por fin, se sentían reconfortados.


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