jueves, 20 de agosto de 2015

La muñeca tatuada: Capítulo I







"A veces, ni siquiera yo sé quién soy, ni qué me trajo aquí. El tiempo pasa a mi alrededor como un velo de lluvia llevado por el viento, como un susurro gritado a la nada. Pero estoy aquí, guardando un secreto que nadie quiere conocer, que a nadie le interesa. Estoy sola, completamente aislada en la negrura y, sin embargo... continuo esperando. ¿Qué espero? No lo sé. ¿A quién? Tampoco. Solo tengo la certeza de que, al final, tras los días que escapan por mi ventana llegará algo, y ese algo, cambiará mi vida"

Ara releyó las líneas que estaban escritas en la pared. Tras dos largas semanas de búsqueda, había encontrado la puerta que daba a esa habitación. Por fin. Apenas se había fijado si algo era diferente a la primera vez que había entrado, pues lo único que le interesaba era saber si aquellas frases seguían allí.
Suspiró profundamente y las acarició con la yema de los dedos, con dulzura. A pesar del tiempo que había empleado en investigar sobre ellas, no había encontrado nada que arrojara un poco de luz sobre su misterio. Incluso había buscado más letras en su habitación, aún sabiendo que en esas cuatro paredes no había nada de interés. Era frustrante y, a la vez, emocionante. De hecho, era lo único emocionante que había allí.
—¿Quién demonios eras? —preguntó, en un susurro y arrastrando las sílabas, como si le costara vocalizar.
Carraspeó, sacudió la cabeza y dejó su voz escondida en un rincón, apartada para otro momento. Después se sentó en el suelo y apoyó la espalda en la pared, justo al lado del párrafo.
Sus ojos violetas se entrecerraron, mientras luchaban contra el polvo que ella misma había levantado. Intentó no toser pero, tras un incómodo momento, su pecho se contrajo dolorosamente en una serie de espasmos. Poco a poco, el polvo se asentó y Ara consiguió tomar un poco de aire, pese a que éste no era el mejor.
Efectivamente, la habitación seguía tal y como ella recordaba: más pequeña que el resto, pintada en un brillante tono azul y decorado con pequeños elefantes amarillos. Aparentemente, la habitación de un niño. Pero ¿por qué parecía que ese niño nunca había nacido? Todo estaba sin usar, impecable... salvo por la gruesa capa de polvo que cubría todo a su alrededor.
Tras unos segundos de completo silencio, en los que ni siquiera ella se atrevió a pensar, Ara se levantó y deambuló por la habitación, como si fuera la primera vez que lo hacía. Observó cada detalle, cada minúscula partícula que conformaba ese pequeño y extraño universo. Acarició los juguetes pulcramente colocados en la estantería, y sonrió cuando notó en ella una inesperada ola de cariño y esperanza. Ignoraba por qué, pero aquellos sencillos elementos llenaban su mente de música, de risas y de un incontrolable anhelo. No era la primera vez que le pasaba, así que desechó como pudo los sentimientos y continuó con su escrutinio, esta vez, para acercarse a la cuna. Nunca antes lo había hecho pero, como de costumbre, ignoraba por qué. Quizá fuera porque las letras la habían llamado más la atención o, simplemente, porque le daba miedo encontrarse algo allí que no quisiera ver. Esa vez, sin embargo, impulsada por esa repentina necesidad de saber más, se acercó y apartó el cobertor de seda azul con toda la lentitud del mundo.
Y la vio... Y gritó. Como si la poca voz que le quedaba quisiera escapar.
En la cuna había una muñeca, una pequeña, desnuda y con los ojos abiertos. Y en su frente, bajo el pelo rubio, había dos palabras escritas, dos palabras que a ella se le tornaron eternas, hermosas y siniestramente vacías. Porque, ¿quién se atrevía a decir "te quiero" a alguien que, en realidad, no existía?
***
Ignoraba cuánto tiempo había pasado desde que cerró los ojos. ¿Una, dos horas? ¿Quizá más? La oscuridad rodeaba todo lo que tenía al alcance de la mano, incluso el reloj que marcaba las cinco y media de la mañana.
Enzo se estremeció cuando el frío acarició sus brazos desnudos y su rostro, apenas despierto. Somnoliento, se pasó la mano por la barba de tres días que nacía en su mentón y después, bostezó sonoramente. No recordaba cuándo se había quedado dormido, ni siquiera recordaba haberse desnudado.
Frunció el ceño, se rascó la nuca y contempló el reflejo de la televisión encendida, justo frente a él. Una película porno brillaba en la pantalla, aunque sus gemidos baratos quedaban ahogados por el silencio de la habitación. Ignoró por completo la película y cogió el mando que reposaba junto a su cadera, apenas cubierta por la sábana. Aún así, no fue consciente de que los canales pasaban ante sus ojos, en un vano intento de venderse a él, a sus ojos y a ese bolsillo que, cada día, se llenaba de más billetes. En realidad, su mente estaba muy lejos de allí, oculta en un lugar al que nadie quería entrar, ya que podían perderse tanto como él lo estaba haciendo.
Al cabo de un rato, Enzo suspiró, cerró los ojos y se levantó. Era evidente que no podía dormir y, si podía evitarlo, no iba a perder el tiempo.
Cogió de la silla sus pantalones de traje, su camisa blanca y una corbata que le gustaba bastante. Después se pasó una mano por el pelo, dejó que éste se alborotara bajo ella y se puso los zapatos.
Justo en ese momento, su móvil, que había quedado relegado a uno de los bolsillos, vibró con insistencia.
—¿Sí? —preguntó, con suavidad.
—¿Papá? ¿Eres tú? —Una voz sutil, apenas un silbido, atravesó la barrera del sueño y le hizo despejarse.
—¿Ocurre algo, princesa? —Enzo suspiró profundamente y se detuvo junto al ascensor. Una triste sonrisa se dibujó en sus labios, como tantas veces a lo largo de esos dos meses.
—No... o sí, no lo sé. —La voz de la pequeña pareció titubear, porque casi desapareció—. La abuela dice que no vas a volver hasta dentro de mucho. ¿Es verdad?
Enzo se estremeció con fuerza al notar la tristeza implícita en esa frase, una desolación tan arrolladora como la que él mismo cargaba. Tragó con fuerza, carraspeó y se obligó a dar un paso más, a seguir adelante a pesar de todo.
—Volveré, Adriana. No sé cuándo, pero lo haré lo antes posible —contestó, sin ser capaz de mentirla—. ¿Te ha explicado la abuela por qué no estoy allí? ¿Por qué tengo que quedarme aquí?
El silencio pareció alargarse durante lo que solo fueron unos segundos. Casi podían escucharse las dudas de la pequeña hacerse palabras.
—No demasiado bien.  Dice que tienes una misión, como los héroes que salen en la tele —susurró, emocionada—. ¿Es verdad?
—Es verdad, sí. Pero no soy ningún héroe de la tele —contestó, en el mismo tono cadente y dulce de la niña—. Solo soy un hombre que hace lo que tiene que hacer.
De nuevo, el silencio se apoderó de la conversación. Ninguno dijo nada durante unos momentos, hasta que Enzo cayó en la hora que era. Tomó aire y lo soltó con un suave bufido.
—¿Te has dado cuenta de la hora que es, canija? ¿No deberías de estar en la cama?
— ¿Sí? Oh. —Adriana dejó escapar una carcajada llena de dulce picardía—. Ahora voy, promesa.
—¿Promesa de verdad?
—¡De la buena!
Enzo sonrió, como solo él podía hacer en esos momentos: calmadamente, con suavidad, con paciencia. Con cariño. Su corazón aceleró sus latidos hasta que resonaron sobre el ruido del ascensor al llegar, sobre el último silencio de la conversación.
Suspiró, aferró el teléfono con más fuerza y apretó la mandíbula hasta que ésta crujió. Cómo echaba de menos estar con ella. Cómo anhelaba volver atrás en el tiempo, a esos estúpidos momentos en los que sus brazos no eran el único refugio. Cómo deseaba regresar a ese ideal que mantenía vivo en su cabeza, cual frenética llama a punto de morir. Cómo dolía la  cruda verdad.
—¿Adriana? —susurró, con la voz rota.
—¿Sí, papá?
—Te quiero.
—¿Estás...llorando? —preguntó, con tanta tristeza que él sintió cómo se le encogían las entrañas de puro desasosiego.
—No, cariño. Los héroes no lloramos —contestó y tras dejar que una lágrima desbordara sus ojos, colgó.
***
Hacía un frío horrible en aquella habitación y Ara no tardó en ser consciente de ello. Se cruzó de brazos, se mordió el labio inferior y observó, de nuevo, la dichosa muñeca que había trastocado su mundo en tan solo unos segundos. ¿Cuánto llevaba allí? ¿Y por qué? ¿Era para ella o, simplemente, pertenecía a esa habitación, como todo lo demás?
Frustrada, se apartó de la cuna unos pasos y miró a su alrededor, sin saber bien dónde posar sus ojos. De pronto, allí donde posaba su mirada veía algo nuevo, algo inquietante que hacía que su corazón latiera desbocado.
Incluso el espejo que la reflejaba, con sus perfectas grietas a los lados, le parecía distinto.
Ara se estremeció cuando el miedo que llevaba por dentro amenazó con salir más deprisa de lo que ella podía soportar. La sensación de que todo se le iba de las manos no fue tan fugaz como pensaba porque permaneció con ella incluso cuando, momentos después, decidió salir corriendo.
Hacía años que no recurría a eso y hacía incluso más que no huía de nada. Al menos, no estando despierta o consciente. El resto... bueno, con el resto de los miedos no podía hacer nada, porque incluso ella sabía que en las pesadillas no había una manera justa de lucha.
El pasillo parecía infinitamente largo y oscuro, lo cual era curioso, porque estaba perfectamente iluminado por pequeñas lámparas de pared que apenas titilaban. Como siempre, las puertas se sucedían unas a otras:  hechas de madera, de cristal, acero. Había puertas desvencijadas, rotas, nuevas... cada una cerrando la entrada a un secreto que, tarde o temprano, descubriría. Sin embargo, y aunque su curiosidad innata la llevaba a querer abrirlas todas, esa vez solo se detuvo al llegar a una puerta en concreto. Una discreta, blanca y limpia, con un brillante veintidós anclado en ella.
Ara suspiró frenéticamente, abrió la puerta y volvió a cerrarla tras de sí. Poco a poco sus latidos fueron tranquilizándose, hasta que se convirtieron en un murmullo apenas tapado por el ronco sonido del ventilador que giraba en el techo de la habitación.
Allí se iniciaban sus recuerdos, precisamente en aquella habitación. Podría decirse que, de alguna manera, todo había empezado allí, aunque no entendía ni cómo, ni por qué. De aquél lugar, con sus paredes pintadas en verde y con aquellas cortinas blancas que rozaban el suelo, solo podía decir cosas buenas.
—Por fin en casa —susurró quedamente, mientras se quitaba la fina camiseta de manga larga y la dejaba en el respaldo de una silla, donde se podían ver otro montón de prendas apiladas.
Nadie contestó a su tímido saludo aunque ella tampoco esperaba respuesta. Ignoraba el tiempo que llevaba allí, pero nunca se había encontrado con nadie más, aunque tenía la certeza de que no estaba sola. ¿Cómo iba a estarlo, a fin de cuentas? Tendría que ser tonta para creer que toda la comida, el agua y la ropa aparecían por arte de magia. Allí, en algún lugar, había alguien más y era cuestión de tiempo que  le encontrara.
Ara sonrió brevemente cuando la conocida sensación de bienestar acarició su piel erizada. Obvió la televisión apagada y los relojes que marcaban las seis de la tarde, y después, tras acariciar el lomo de los libros que se acumulaban en la mesilla, se dirigió al  baño contiguo.
Adoraba la rutina del día a día, a pesar de todo: despertar, sonreír, descubrir que había tras la siguiente puerta. Después, regresar a aquella habitación, perderse en la dulzura del agua caliente... y esperar al día siguiente. Era agradable, aunque una tarea solitaria que, poco a poco, mermaba su espíritu. A veces, no podía evitar hacerse preguntas mientras el agua mecía sus caderas llenas de cicatrices, rojizas, que parecían recientes. ¿Por qué ella? ¿Por qué allí? ¿Por qué siempre tenía la sensación de que su vida era un sueño inconcluso? Pero las respuestas nunca llegaban, o al menos, ella nunca sabía interpretarlas correctamente, lo que era realmente frustrante.
Ara exhaló con fuerza cuando notó el frío del suelo clavarse en sus pequeños pies desnudos. Como cada día, se deshizo del resto de la ropa con lentitud, como si siguiera un juego premeditado: primero, la camiseta interior, que dio paso a sus brazos, largos y blancos, hendidos por lo que parecían viejas heridas de guerra. Después, el sujetador y el cinturón que sujetaba holgadamente el pantalón negro a sus estrechas caderas. Por último, el vaquero que escondía sus largas y maltrechas piernas. Aún así, a pesar de las abruptas heridas rosadas que aún cubrían su cuerpo, Ara era hermosa. Su cuerpo, aunque estropeado, seguía siendo escultural y su rostro, de fina porcelana y ojos violetas, era aún digno de admirar. Incluso su pelo, medianamente corto y oscuro, resultaba elegante y atractivo. Cuando terminó, apenas unos minutos después de haberse quitado la primera prenda, Ara se sumergió en el agua caliente y sonrió.
De inmediato, como si el mero susurro del agua removiera en ella viejos recuerdos, su mente despegó y se perdió en la contemplación de algo a lo que ella recurría mucho. Era apenas una sensación disfrazada de sombra, pero fuerte e intensa. Podía oler su aroma, masculino y profundo, y sentir como éste se metía bajo su piel. Con los ojos cerrados, podía sentir sus brazos rodeándola en esa misma bañera, en esa misma habitación. Y después escuchaba las risas, la dulzura entretejida de los gemidos al hacer el amor. La sombra se acurrucaba con ella, una y otra vez, en cada fantasía. Y aunque si hubiese sido en otra ocasión, hubiera tenido miedo, la sola presencia de esa sombra en sus recuerdos le tranquilizaba y le daba fuerzas para seguir al día siguiente. Por eso Ara adoraba aquella habitación, porque la sombra, esa que siempre la seguía, era allí más nítida... más real. Más viva.  Más como ella y menos como fantasía.
Ara suspiró de placer cuando notó la presencia de la sombra en la entrada de la habitación. Sonrió con picardía e hizo amago de salir, como cada día. Sabía lo que venía después, por mucho que la pesara. Había intentado mil veces cambiar el destino de esa fantasía, de esa historia, pero nunca lo conseguía y eso, la hacía polvo. Aún así, lo intentó. Se incorporó con cuidado y estiró los brazos. Sin embargo, en cuanto puso un pie fuera de la bañera, se oyó un golpe en la puerta y la sombra, que se había acercado a ella, desapareció.
***
La cafetería que tenía frente a él era el lugar más siniestro que hubiera conocido, a pesar de estar ricamente decorada y estar llena de gente.
Enzo se estremeció de asco al ver las sonrisas de las madres que acababan de dejar a sus hijos en el colegio de al lado. ¿Cómo podían sonreír en un lugar como ése? ¿No se daban cuenta de que todo estaba contaminado por la sombra de una tragedia? Incluso él, que no había estado presente en el accidente notaba como la sangre se le helaba en las venas.
Pero tenía que quedarse allí.
De alguna manera, sabía qué había algo que él podía hacer para solucionar aquel embrollo. Cualquier cosa que estuviera en discordancia, cualquier elemento que se saliera de lo normal le serviría, cualquier cosa en realidad...
—Sabía que estarías aquí. —Una voz, llena de afabilidad llenó sus oídos con fuerza.
Enzo se estremeció al reconocer en ella a su mejor amigo, una persona a la que hacía... ¿días? ¿meses? que no veía.
—Qué perspicaz. ¿Querías algo?
—Cuánta mala leche acumulada —bromeó y le dio un golpe amistoso en el hombro. Cuando lo hizo, parpadeó sorprendido y tiró de él para girarle—. Estás en los huesos, joder. ¿Qué coño has hecho?
Enzo sonrió, por primera vez en mucho tiempo. Se sacudió las mangas del traje e hizo crujir el cuello hacia ambos lados. Después le devolvió la mirada al joven de ojos verdes y media melena rubia que esperaba, pacientemente.
—No tengo demasiada hambre. En realidad... ninguna. Si como es porque tengo que levantarme ¿sabes? —contestó y, de pronto, se echó a reír.
Las carcajadas brotaron de sus labios como un torrente, pero no había ningún tipo de alegría en su espontaneidad. Por el contrario, solo se oía miedo, congoja, desesperación. Sentimientos que nunca, nunca, deberían mezclarse en algo parecido a una risotada.
—Parezco imbécil, ¿verdad? —susurró y apartó la mirada de la confusión que veía en el verde de sus ojos—. Aquí, perdido en una ciudad que nunca he querido visitar y la que estoy jodidamente anclado. Y sin comer. Y prácticamente sin dormir, porque no quiero hacerlo. A veces me pregunto si yo también estaré tan loco como todos estos —musitó y cerró los ojos, dolorosamente.
—Enzo, yo... joder, ven. —Luca tiró de él con fuerza y le obligó a seguir sus pasos, mucho más firmes, hacia un coche azul que estaba aparcado frente a la cafetería. Sin embargo, apenas unos pasos antes de llegar a él, Enzo se detuvo, blanco como la muerte.
—No. No voy a subirme a esa mierda. —Retrocedió, mientras su piel perdía color, perdía la escasa vida que le ataba al mundo—. No. No. Otra vez no. Otra vez... no.
Continuó su letanía en voz baja, como una siniestra llamada a un recuerdo que no quería invocar. Sin embargo, éste acudió de todas maneras, en forma de intenso torrente. De pronto, los gritos, el miedo, la sangre... la sensación de que todo se deshacía a su alrededor, de que todo se desmigajaba incontrolablemente se hizo con él, y lo hizo temblar como un niño perdido en la oscuridad.
¿Por qué? ¿Por qué los recuerdos le atosigaban de esa manera? ¿Por qué se cebaban con él si solo pretendía ocultarlos en un rincón? Sabía que no iba a poder olvidarlos nunca, pasara lo que pasara, pero él mismo se veía incapaz de seguir adelante con esa losa sobre su pecho. Por eso, retrocedió, como un cobarde, como un desertor de su propia vida. Y huyó, huyó como nunca había hecho antes, como nadie le había permitido hasta ese momento.
Todo quedó atrás: las palabras, buenas y malas, el intenso olor a café de la cafetería, las dulces risotadas de las madres. Todo se perdió bajo sus pasos, descontrolados y desesperados. Todo.
 Incluso él.

 Incluso el momento que había roto toda su vida.


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